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Saturday, July 11, 2026

La Madurez del Corazón que Ama

Creo sinceramente y por mi propia experiencia que hoy ya no se trata de decidir entre el bien y el mal. Esa etapa pertenece a los primeros pasos del alma en su búsqueda de luz, cuando todavía existe la lucha interna por distinguir lo correcto de lo erróneo. Pero llega un momento en que esa lucha se aquieta, no porque hayamos dejado de discernir, sino porque el amor se ha vuelto nuestro propio discernimiento. Nos amoldamos, no por obligación, ni por temor, sino porque sinceramente queremos amoldarnos. Lo hacemos desde la comprensión profunda de que toda armonía es fruto del servicio y toda unidad nace del respeto. En este punto, la obediencia deja de ser sumisión para convertirse en comunión; la voluntad ya no se impone, sino que se ofrece como instrumento de un bien mayor el cual se reemplaza la fuerza de voluntad por la buena voluntad.
Tal es la evolución de nuestro desarrollo en unidad y servicio. Cuando el alma madura, ya no necesita reglas externas que le digan cómo amar, porque el amor se ha vuelto su naturaleza, esto implica que la hemos hecho parte de nuestras vidas. Es entonces cuando cada acción, cada palabra y cada silencio reflejan el equilibrio entre la libertad interior y la entrega consciente. Esta transformación no es mérito humano, sino evidencia viva del amor y la gracia de Dios entre nosotros. Él nos conduce suavemente desde la dualidad hacia la plenitud, desde la lucha entre el bien y el mal hacia la paz de ser uno con Su propósito. Amoldarnos, entonces, no es perder nuestra individualidad, sino descubrir que lo mejor de nosotros florece cuando nos unimos a la sintonía divina que sostiene toda la creación.

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